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Memoria Analógica: Los Goonies

Los Goonies

¡Cierto Mikey! Hay un momento para todo. Y quizás, ahora, sea el de coger las bicis y salir a buscar el tesoro de un viejo pirata español. Ahora ¿Por qué no? toca salir con los amigos, huir de los Fratelli, esquivar trampas mortales y encontrar un tesoro. Toca dar ese primer beso que nunca olvidaremos, que nunca debemos olvidar. Ahora podemos enfrentarnos al monstruo que nos aterroriza y encontrar en el, al amigo que se esconde tras su fiera apariencia.

Toca volver a soñar, volver a emocionarse, volver a creer que la solución a nuestros problemas puede esconderse en lo profundo de un desván, y que solo hay que armarse de valor y seguir los pasos del malogrado Chester Copperpoot.

Es posible que pensemos que nuestra capacidad de sorpresa yace muerta bajo toneladas de rutina, pero no es cierto. Al menos hoy, en este momento, no es cierto. Porque hoy volveremos a la lluviosa Astoria, a ese restaurante abandonado que oculta en su garaje un 4×4 con agujeros de bala. Hay que ser valientes. Hay que ser decididos. Hay que olvidarse del cubo de Troy y no desfallecer. Al fin y al cabo, un adulto que juega y se divierte, es un niño que no se rindió. Y Los Goonies, no se rinden. Los Goonies, nunca dicen muerto.

Voy a hacer trampas, y no vais a tener más remedio que perdonarme. Recuerdo que, cuando empecé esta serie de artículos, os prometí contaros mis sensaciones al volver a ver, tras muchos años, aquellas películas que habían quedado en mi memoria. En este caso no puedo hacerlo, simplemente porque jamás he dejado pasar demasiado tiempo sin volver a verla. Vale que no sea ninguna obra maestra. Tampoco lo pretendió nunca, la verdad. Tan solo es una película de aventuras. Un simple divertimento para toda la familia. Una película de esas cuya máxima aspiración es atraparte durante noventa minutos y hacerte soñar. Algo que, hoy en día, parece que han olvidado como se hace. Los Goonies es, con diferencia, mi película favorita de todos los tiempos.

Dejadme que os cuente una batallita.

Sofía
Imaginad, Sicilia 1922..

Uno tiene ya una cierta edad. Si la alopecia androgénica no se hubiera llevado consigo mí, otrora frondoso, flequillo no me cabe duda de que ya peinaría alguna que otra cana. Estos (los años, no las canas), amén de otros muchos  inconvenientes, traen consigo el de tener que asistir a las bodas de tus amigos. Tiemblo solo de pensarlo. No es simplemente el hecho de que cualquier reunión social me resulte tediosa. Al fin y al cabo, numerosos estudios demuestran que los jugones, aficionados al cine de monstruos por añadidura, somos seres solitarios e introvertidos. Es que, además, un casamiento es, objetivamente, un coñazo mayúsculo.

El caso es que, la noche anterior al evento, estábamos unos amigos en casa del novio. Apurando unas cuantas  cervezas. Necesarias, para cumplir la simpática tradición de amarrar unas latas vacías al coche de los contrayentes. El consumo de alcohol tiene como efecto secundario (además de exaltar la amistad y embellecer a cualquier ser hasta hacerlo sexualmente deseable) el que se realicen extrañas peticiones  y se formulen, no menos extrañas, promesas. Así que, tras unas cuantas rondas, mi amigo tuvo a bien pedirme que, al día siguiente, leyera unas peticiones en su boda. Para los no católicos, o aquellos que no pisan un templo desde que hicieron la primera comunión, aclarare que las peticiones son algo así como el consenso de mínimos de las asambleas del 15M. Es decir, un portavoz sube al púlpito y pide al señor (el señor es ese de barba blanca que lleva un triángulo con un ojo sobre la cabeza) por algo concreto terminando la frase con un roguemos al Señor, tras lo cual, los feligreses al unísono responden: te rogamos, óyenos.

Como decía, este amigo, me pidió que leyera unas peticiones y yo, que tengo la peligrosa costumbre de decir lo que pienso sin pensar lo que digo, solte: Si yo alguna vez me subo al pulpito de una iglesia será para pedir por Los Goonies, para nada más. La suerte estaba echada.

San Ignucio
Y ese tal Dios...¿Ha liberado su código?

Mañana de domingo, boda en el pueblo. Los amigos del novio arropando al chaval en la puerta de la iglesia mientras llega la novia:

Toma Logaran, estas son las peticiones que tu vas a leer.
Pero no te he dicho que yo no quiero leer.
Tú subes después de mi hermana y antes de mi padre.
¡Y dale! ¡Que te he dicho que no! ¿Pero es que no se lo puedes decir a otro?
Ya sabes, tú lees la de los pobres y la de la Iglesia
¡Si hombre! ¡Por la iglesia va a pedir su p…!
¡Me voy pa´dentro que llega la novia!

Tenéis que entenderlo. Realmente yo no quería hacerlo. Estando ahí arriba, en el púlpito de la iglesia, con todo el pueblo mirándome y, en primer plano, la cara de la novia. Toda emocionada ella, guapísima… ¡Y al lado el cabrón de mi amigo con esa media sonrisa! Con esa cara de ¿tú ves como al final leías?

Por lo pobres del mundo. Por los desamparados (…mira como se ríe el hijoputa, lo está disfrutando) Porque, si no en esta vida, en la venidera (…te libras por qué no quiero escuchar la bronca de mi mujer, si no…) encuentren consuelo. ¡Roguemos al señor!
¡Te rogamos, óyenos!
Por la (… ¡que cojones! ¡Este es mi momento!…) ¡Por Los Goonies! Por Sloth y Gordi, por esos amigos que tanto han vivido con nosotros. ¡Roguemos al Señor!

La novia, por raro que parezca, todavía me habla.

Hablemos ahora un poco de

La película,

Estrenada a mitad de la década, Los Goonies forma parte, junto a Regreso al Futuro y Gremlins, de la santísima trinidad del cine de entretenimiento familiar de la década de los ochenta. Que no es decir poco.

Lo cierto es que, observando su ficha técnica, es difícil imaginar que la cosa hubiera podido salir mal.

La historia original era de Spielberg que, junto a sus colegas de la Amblin, también se hizo cargo de la producción ejecutiva.

El guión está firmado por Chris Columbus, un tío que nos ha regalado libretos como Gremlins y El Secreto de la Pirámide, amén de la que nos ocupa, y que ha dirigido cosas como Solo en Casa y las dos primeras de Harry Potter se merece toda mi admiración.

La dirección corrió a cargo de Richard Donner. Superman, Lady Halcon, Arma Letal, Los Fantasmas atacan al Jefe… ¿Sigo? Incluso en películas tan olvidables como Su Juguete Preferido o Asesinos, le sobra solvencia y buen hacer. Un directorazo, vamos.

Y está claro que, siendo Spielberg el que puso la pasta, los valores de producción brillan a un muy buen nivel. No es tanto el dinero que se gastarán, que también, al fin y al cabo veinte millones de dólares  no son ninguna tontería, sino lo bien que se hace lucir en la película.

La música es, también, extraordinaria. No solo el score de Dave Grusin, que nos zambulle de lleno en la historia en la magnífica secuencia inicial. También la, casi más recordada aún, fantástica canción de Cindy Lauper, acompañan la aventura de un modo inmejorable.

Pero, todo lo dicho, no hubiera servido de nada sin un reparto a la altura. Mucho se ha leído desde entonces sobre el rodaje. Sobre el ambiente que Donner supo crear, para que los jóvenes actores se sintieran cómodos y actuaran con naturalidad. Anécdotas sobre la relación entre ellos, historias sobre la amistad que allí se fraguó y que perdura hasta nuestros días. Trucos del director, como ocultarles el barco pirata hasta el mismo momento de rodar la escena en que lo descubren, para captar expresiones de auténtico asombro… ¡Chorradas!

Chorradas que gusta oír, claro, pero chorradas al fin y al cabo. Todo ese anecdotario esta tan asumido como parte del espectáculo que forma ya parte indisoluble del negocio del cine. Pero no es más que eso: adorno, artificio, impostura. Pura palabrería para soltar en ruedas de prensa a la hora de la promoción. Lo que queda es el oficio.

Y los chicos se portaron. De hecho estuvieron soberbios, todos. Sean Astin, Josh Brolin, Corey Feldman, Jeff Cohen… Nada importa si luego sus carreras han sido más o menos exitosas, lo cierto es que la química entre ellos, aquí, funciono a la perfección y eso, más que otra cosa, es lo que hizo tan grande esta película.

Los Goonies
¡Va por vosotros, chicos!

Ni que decir tiene que fue un éxito, una recaudación total de sesenta millones y una legión de seguidores que llevamos casi treinta años adorándola, así lo atestiguan. Hablemos ahora, si os parece, un poco de

Mis Recuerdos,

Recordar Los Goonies es recordar un cine que ya no se hace. Del mismo modo que, más de veinte años después, La Amenaza Fantasma, vino a atestiguar que, esa época mágica, había muerto para siempre, el estreno de Star Wars en 1977 supuso el inicio de la edad de oro del cine familiar.  La película de la que tratamos se erige como una de los más brillantes exponentes de ese cine.

Un cine lleno de buenas historias, de grandes personajes, de momentos para el recuerdo y de frases míticas. Un cine, sobre todo, honesto. Un cine cuya máxima aspiración era contar una buena historia y hacerlo de la forma más amena, más divertida y más emocionante posible.

No es raro escuchar el argumento de la nostalgia para denostar a los que reivindicamos esas películas, pero no creo que sea cierto. Es verdad que es difícil no mirar con un especial cariño todas esas historias que nos acompañaron en nuestra infancia, que la objetividad en estos temas es totalmente imposible. Pero no es menos cierto que, dichas historias, van ganando adeptos con el paso del tiempo. Que, las nuevas generaciones, las sienten como suyas y es que, de hecho ¡también son suyas! Pasan los años, y mas y mas niños crecen escuchando los mismos cuentos, jugando a los mismos juegos y viendo las mismas películas. ¿Qué tienen en común Caperucita Roja, Pac-Man y Los Goonies? Por eso son clásicos.

Jar Jar
¡Odiadme! misa acabó con la mágia del cine

Esta película habla del valor de la amistad. Por encima de cualquier otra consideración, esos chicos son amigos, y están dispuestos a jugarse el tipo en pos del sueño de uno de ellos.(Eh, Mikey  ¡yo te creo!).

Cuando uno la ve por primera vez quiere pertenecer a ese grupo. Siente que los conoce de toda la vida y está dispuesto a perdonarles sus pequeños defectos. Eso es lo que hace que todas estas películas funcionaran y que, aún hoy, lo sigan haciendo: que nos enamoramos de sus personajes. Que nos importan.

Entendemos a Brand, que tiene que cuidar del pirado de su hermano y conseguir ligarse a la chica.

Creemos a Gordi. Vale que Michael Jackson no entro en su casa para hacer pis… ¡Pero su hermana si!

Admiramos a Data. ¡Qué imaginación! ¡Qué inventiva! ¿Cómo nos atreveríamos a pisar la calle sin Las Pinzas del Peligro?

Necesitamos a Bocazas, pragmatismo y acidez a partes iguales. Necesarios para mantener los pies en el suelo. Los sueños están bien pero, a veces, no se cumplen y el, por si acaso, se queda con la moneda ¡se las queda todas!

Y, por supuesto, estaríamos dispuesto a seguir a Mikey en otra aventura loca de Los Goonies porque ¿Qué sería de nosotros sin nuestros sueños?

Todas estas historias nos interesan y nos emocionan en la medida que lo hacen sus protagonistas. Ellos les aportan, como diría el bolero, alma, corazón y vida y, sin eso, no son nada.

Ahora bien,

¿Cómo le han sentado los años?

A menudo me apetece ver a mis amigos. Nos reunimos en torno a una mesa o a una botella y nos dedicamos a contar batallitas ante la mirada condescendiente de nuestras mujeres. Las anécdotas son siempre las mismas, las risas también. No es más que el placer del recuerdo compartido. Quizás suene aburrido pero yo, no me canso.

Tampoco me canso de ver Los Goonies.