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Arcade De La Semana (ADLS) - B.Rap Boys

B.RAP BOYS

Tres comentarios.

Alguno menos de los habituales, aunque a estas alturas ya he dejado de buscar relaciones causales entre la fama del juego de turno y la repercusión que obtiene en el salón. Total, ¿para qué? ¿Para qué intentar comprender las leyes que rigen el universo cuando uno puede limitarse a contemplar cómo se expande hacia la nada?

Porque B.Rap Boys es uno de esos exponentes del maravilloso género «Yo contra el barrio», también conocido como Manual de la hostia fina. Tres macarras, un barrio por limpiar y una colección de individuos que necesitan urgentemente una conversación con los puños. Una fórmula sencilla, honesta y sin pretensiones filosóficas, que es justo lo contrario de lo que vais a encontrar en esta descripción.

Y es que, fijaos lo que son las cosas, esta maravillosa pieza literaria que estáis leyendo será probablemente la última que publique con estructuras gramaticales perfectas y exenta de errores ortográficos.

¿Adivináis por qué?

Pues sí. He decidido despedir a la inteligencia artificial que me echaba una mano con estos menesteres.

No me entendáis mal. Las descripciones las escribía servidora, pero a cholón. Abría la caja de prompts de ChatGPT, vomitaba el texto sin una coma, sin un salto de línea, sin comprobar si aquello llevaba tilde, si esa palabra iba con B o con V o si acababa de construir una frase que necesitaba tres días de reposo y una consulta con un especialista. Ya se encargaría el LLM de convertirlo en algo legible, perfecto, inmaculado...

En algo falso, vamos.

Pero no, esto tampoco va de recuperar la humanidad, la creatividad y todas esas mierdas que quedan tan bien en un artículo de LinkedIn. ¡Qué va! Esto va de algo mucho más sencillo: seguir siendo funcional.

Me explico.

Ayer, mientras paseaba con mi señora camino de nuestra placita de referencia, para sentarnos en nuestra tasca favorita a tomar esa copita de Albariño que nos permitimos una vez por semana, alumbramos una teoría.

Y digo alumbramos porque, aunque la idea fue mía, mi señora estaba presente y, por tanto, tiene derecho a una parte proporcional de la autoría.

El caso es que el alcohol es un veneno que te mata lentamente, eso lo sabemos todos. Pero también sabemos que la tristeza, el aburrimiento y la desidia son venenos que te matan y, lo que es peor, te hacen los días hasta el deceso laaaaaargos como una meada en una cuesta.

Así que uno se toma su copita, conversa, pasea y procura que la vida no sea únicamente una sucesión de obligaciones pendientes hasta que llegue el momento de entregar la cuchara.

Al tema.

La teoría que alumbramos —y que seguro que ya está más que alumbrada, estudiada y confirmada por alguien con bata blanca y una beca de investigación— es la siguiente: la inteligencia artificial nos está haciendo tontos, y además a un ritmo vertiginoso.

Es sencillo.

Todos conocemos aquello de que lo que no se usa se pierde. Si pasas diez días hospitalizado en una cama, pierdes masa muscular. El cuerpo, que es un administrador de recursos bastante más eficiente que cualquier departamento de Hacienda, decide que mantener un tejido metabólicamente caro que no está utilizando es un gasto innecesario. Y empieza a recortar por donde puede.

Pues bien, el cerebro consume una cantidad considerable de energía. No solo la parte consciente, por supuesto, pero también esa que utilizamos para leer, escribir, comprender, analizar, recordar y resolver problemas.

Un intenso proceso mental no sé si quema tantas calorías como el WOD más salvaje de CrossFit —tampoco vamos a inventarnos ahora las cifras—, pero trabajo lleva.

Y resulta que la IA nos está ahorrando cada vez más ese trabajo.

No hablo únicamente de programadores que delegan la arquitectura de su código o de analistas que dejan de analizar. Hablo de tareas elementales del día a día que antes requerían un esfuerzo cognitivo perfectamente asumible: leer, escribir, entender, ordenar ideas, encontrar las palabras adecuadas...

Sospecho que, si el cerebro puede ahorrarse ese gasto, acabaremos haciendo con nuestras capacidades cognitivas algo parecido a lo que hace el cuerpo con los músculos cuando dejamos de utilizarlos.

No sé si mi hipótesis tiene fundamento científico. Igual estoy diciendo una barbaridad. Si algún neurocientífico está leyendo esto, que no se moleste en escribir: probablemente esta descripción no la va a leer ni Dios.

Pero mirad mi caso.

Yo, que no utilizo el ascensor, que me lavo los dientes en posición de sentadilla profunda, que voy andando a cualquier sitio al que pueda llegar en una hora a buen ritmo y que no fallo a mis entrenamientos porque estoy convencido de que hay que conservar la masa muscular para envejecer con dignidad...

Yo, que llevo años esforzándome por mantener un cuerpo funcional, he empezado a utilizar Copilot para responder correos electrónicos. Si están en inglés, directamente ni lo intento. Las descripciones de los artículos que subo a la tienda online las redacta la máquina. Y hasta estas descripciones de ADLS, que escribo por puro placer, las estaba entregando en bruto para que una inteligencia artificial me las ordenase.

He estado entrenando el cuerpo mientras dejaba que otro entrenase mi cerebro en mi lugar.

Y, coño, visto así, resulta bastante ridículo.

Porque si quiero llegar a viejo pudiendo levantarme de una silla sin ayuda, caminar sin quejarme de las caderas y cargar con la compra, tengo que mantener la musculatura. Pero ¿qué pasa con la capacidad de expresarme? ¿Con la de construir un argumento? ¿Con la de encontrar una idea y desarrollarla sin que una máquina me ponga los carriles?

¿De qué me sirve conservar unos glúteos de acero si, llegado el momento, no soy capaz de escribir tres párrafos seguidos sin pedirle ayuda a un algoritmo?

Pues eso.

Que he decidido despedir a mi asistente virtual y volver a escribir estas cosas como me salgan. Con sus faltas, sus comas donde no deben, sus frases interminables y sus digresiones que empiezan hablando de un videojuego y terminan en una reflexión sobre el deterioro cognitivo de la civilización occidental.

Que para eso es mi descripción y para eso me la pagan exactamente igual que antes.

Es decir, nada.

Y si habéis llegado hasta aquí preguntándoos qué demonios tiene que ver toda esta chapa con B.Rap Boys, es que acabáis de aterrizar en el salón y todavía no conocéis las normas de la casa.

El trato es sencillo: yo sigo editando estas mierdas para que los habituales puedan escucharlas y, a cambio, utilizo este rinconcito de internet para hablar de lo que me dé la gana, con la tranquilidad de que nadie lo va a leer.

Un diario personal publicado en un recóndito rincón de internet.

Una especie de terapia de grupo en la que el terapeuta soy yo, los pacientes no aparecen y la sala de espera está vacía.

Y ahora, si me disculpáis, voy a dejar de escribir, que tengo que entrenar los glúteos y todavía me queda una larga vida de irrelevancia por delante.

Tres comentarios. B.Rap Boys. Yo contra el barrio. Y yo contra mi propia desidia.

No sé cuál de los tres combates tengo más perdido.

Ah, sí. Se me olvidaba.

Si todavía estáis escuchando ADLS desde el feed de La ACHUS Presenta, sabed que ese feed desaparecerá cuando menos lo esperéis. Igual mañana. Igual pasado. Igual cuando alguien se acuerde de que había que apagarlo.

Así que apuntaos al bueno, que es este:

https://rigorycriterio.es/feeds/audio_arcade.rss.xml

O no.

Total, ¿qué más dará?

Esto es una forma como otra cualquiera de esperar la muerte.

Y, por lo menos, que nos pille con los glúteos fuertes y la cabeza todavía en su sitio.

Hasta la semana que viene.

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