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Waxworks - Memoria Analógica

Waxwork

Hace unos veinte años, este que os escribe, agarro un machete que tenía por casa. Coloco su mano izquierda, con los dedos bien separados, sobre una mesa y, mientras un amigo le salpicaba la cara con betadine, se pego una puñalada en el dedo meñique.

¿No me creéis? Tengo pruebas. Otro amigo grabó toda la escena con su cámara de vídeo.

Sé que parece una locura pero, tenéis que entenderme. Yo era joven e inexperto, y expuesto a las malignas influencias del cine más casposo y depravado que pudiera encontrarse en un videoclub. Ese era el único peligro.
El maléfico Doom aún no había hecho su aparición. Los ochenta habían sido unos años felices en los que, el gusto por los pixels en movimiento, quedaba, cual película de Spielberg, por debajo del campo de visión de nuestros abnegados progenitores. Lo más perturbador que podíamos hacer en esos años con un pad en las manos era, como diría un gran pensador, Lanzar nabos a una tortuga.

Super Mario Bros 2
Bueno, vale. No es una tortuga pero se le parece ¿no?

El rol no existía. Directamente. Al menos, no a los ojos de aquellos que velaban por nuestra salud mental. Ver a un grupo de chavales tirando dados en casa y rellenando papelitos no era nada preocupante: mejor que estén aquí que no en la calle a saber dónde y con quien.

Los dibujitos chinos no eran todavía esa hidra malévola que habría de pudrirnos el cerebro con esas imágenes de violencia y sexo. Nada censurable podía haber en las entrañables vivencias de Heidi, Marco o La Abeja Maya. Y ¿Quién podría quejarse de la violencia Naif de Mazinger Z o Comando G si, incluso Parchís, les dedicaba canciones?

Tan solo en los videoclubs acechaba el maligno.

No en ese cine que echaban los sábados por la tarde para disfrute y solaz de toda la familia.

No en ese otro que, adornado con dos rombos, entretenían a papa y mama algún viernes noche después del Un, Dos, Tres, no.

Era en esas otras películas que acechaban, agazapadas junto a la cortina mugrienta de la sección XXX, la visita de algún adolescente ávido de emociones fuertes. Era ahí donde radicaba el verdadero peligro: Asesinos enmascarados, alienígenas polimórficos, demonios de ultratumba, subhumanos que vivían en las cloacas, monstruos anfibios que violaban a bañistas desprevenidas, zombis, ávidos de carne humana, licántropos, vampiros, peluches devoradores, muñecos poseídos de magia vudú, íncubos, súcubos, espíritus eléctricos, garrapatas colocadas de marihuana radioactiva (lo juro)…

Sticks
¡Oh, Dios mío. Esa garrapata tiene cara de estar colocada!

Cualquier bizarrada era susceptible de atraer nuestra atención, si lo hacía con la promesa de ofrecer un gran despliegue de carne femenina y de sangre de variada procedencia.

¡Ah, esas carátulas! Por sí solas solían encerrar más calidad que lo que luego habríamos de encontrar a lo largo de todo el metraje pero ¡que mas daba!

Eran películas divertidas, aterradoras, emocionantes, transgresoras, valientes y, sobre todo, honestas. Era cine hecho para ganar dinero, claro. Pero también para divertirse durante el proceso. Era cine parido por amantes del cine. Muchas veces financiado con los cuatro duros que, sus integrantes, habían podido reunir de las mas diversas (y no siempre honradas) maneras.

Era cine que nos hacía creer en la magia de que cualquiera con ganas, ilusión, y un poquito de pasta podría contar su propia historia.

Luego, uno veía películas, como la que hoy nos ocupa, y veía que el resultado podía ser estupendo. Veía que, el tipo que la había rodado, amaba ese cine como tú mismo. Que lo conocía igual que tu y que hacía, de ese conocimiento, la mayor virtud de la obra.

Y claro, te animabas. Una mañana apartabas a un lado los apuntes del instituto. Le hacías un par de taladros a una mesa camilla. Llamabas a un par de colegas con una cámara de vídeo y agarrabas el machete aquel que te compraste en el viaje de fin de estudios a Toledo.

Joven y guapo Logaran
¡Ay, pero que pelazo tenia yo! Snifff

Es duro decirlo si, pero hace veinte años, estuve a punto de amputarme un dedo por culpa de Anthony Hickox y de su Museo de Cera.

Estrenada en 1988, tan solo 4 añitos después del mejor año de toda la historia, como cualquier oyente de Rigor y Criterio debería saber, Waxwork es un divertidísimo homenaje al cine fantástico y de terror por parte de su director. Basta con ver los agradecimientos en los títulos de crédito para saber lo que nos vamos a encontrar:

Dedicada a Hammer, Argento, Romero, Dante, Landis, Spielberg, Wells, Carpenter, Mama y Papa, y muchos más…

La sinopsis no es más disparatada que cualquier fanta-terror de la época:

Un nuevo museo de cera abre sus puertas en la ciudad. Los propietarios invitan a un pequeño grupo de jóvenes a realizar una visita gratuita antes de la apertura oficial. Una vez allí descubrirán que las cosas no son siempre lo que parecen y que, cada una de las terribles escenas representadas, no son sino puertas hacia dimensiones paralelas. Dimensiones donde, ellos, representaran el papel de victimas

¿No parece gran cosa, verdad? Pero no está mal, al menos si tenemos en cuenta que lo escribió en tres días.

El guión, en cualquier caso, era lo de menos. Una mera excusa para volcar en hora y media la infinidad de referencias y homenajes al cine que tanto le gustaba. Lo cierto es que en esta, su primera película como director, podemos decir que acabó poniendo más ilusión y ganas, que talento. Aunque eso lo veremos más adelante.

Otras caras, más o menos conocidas a día de hoy, involucradas en el proyecto, fueron:

Zach Galligan; Si os digo que fue el protagonista de Gremlins ya os sonara más.
El amigo Zach nos ha dado alguna que otra alegría a los aficionados a la caspa a lo largo de su carrera. En este Waxwork coinciden un par de factores que no le ayudan demasiado: a saber, que él era prácticamente un novato y que el director no tenía tampoco demasiada idea en lo que a dirección de actores se refiere.

Deborah Foreman: Esta chica prometía bastante en los ochenta. Escuela de Genios o Inocentada Sangrienta son algunas de sus pelis más conocidas. Aunque si lo que queréis es verla en un papel decente os recomiendo Mi Chofer, de 1986 (dos años después del mejor año de la historia, ya sabeis) . Nada del otro mundo, vale, pero a mí me gustó. En Waxwork» está a la altura del resto del reparto, mal.

Deborah Foreman
A esta se le ha colado un Gremlin ¡seguro!

Sin duda, estos son los rostros más destacables en una producción barata que no podía permitirse grandes lujos. Por lo demás mucha cara televisiva, como la enorme Jennifer Bassey, una de esas actrices con tantas tablas, que no sabe hacerlo mal aunque lo intente.

Como curiosidad comentar que también estaba por allí John Rhys-Davies haciendo de hombre-lobo y Miles O’Keefe de Dracula. Los conocéis ¿no? ¡Sí, hombre! Nada más y nada menos que Gimli, el enano y el inconmensurable Ator, el poderoso respectivamente. Y no, antes de que alguno intente pegarme, no me he olvidado de lo mejor de la película, David Warner, un actorazo de esos de carrera kilométrica en la que no sabes qué papel destacar. Bueno, yo si lo sé, Ed Dillinger en Tron. ¡Ea! ahora podéis tacharme de friki.

Ed Gillinger
Cualquier momento es bueno para poner una imagen de Tron ¿no?

El caso es que, aquí, a pesar de ser el dueño del museo de cera, su intervención es casi anecdótica.

Y ya está. Poco más podemos añadir sobre una película que se escribió en tres días y se rodó en unas pocas semanas con un presupuesto ridículo. Tan solo decir que se volcaron en ella tantas ganas, tanta ilusión, tanto gusto por un género que, a pesar de sus muchas carencias, seguimos rememorándola a día de hoy.

Ahora tocan, no os vais a librar, las batallitas del abuelo

Todos conocíamos la historia de Evil Dead y de cómo, Sam Raimi y sus colegas, habían conseguido rodarla a base de trabajar en verano y de jugársela con la mafia local.

En casa de un amigo había aparecido, como por ensalmo, una cámara de vídeo y un segundo reproductor de VHS. Lo cual nos abría de par en par las puertas de la grabación y edición video-gráfica.

Por si fuera poco, un colega, era un auténtico pirado del MSX. Maquina milagrosa que podía, incluso, superponer títulos de crédito a los videos.

MSX
Para mucho mas que jugar al SD Snatcher, creedme.

Y además, un servidor, trabajaba de payaso para ganarse unas pelas y pertenecía a un grupo de teatro. Lo cual, claro está, me daba unos bastos conocimientos (no, no es una falta de ortografía, he querido decir bastos) sobre el arte del maquillaje y los efectos especiales.

Está claro que los astros se estaban alineando para que viera la luz Ziete productions (así, en ingles, que mola mas) Maravillosa compañía destinada a parir las más espectaculares obras del fanta-terror patrio.

Algún día escribiré mis memorias. Algún día saldrán a la luz tantas y tantas ideas que podrían haber sido y (a Dios gracias) no fueron. Historias como:

Caracoles o la terrorífica invasión de la pequeña localidad de Canillas de Aceituno a manos de una raza de caracoles mutantes asesinos del espacio exterior.

Babaman o el increíble caso del joven que sufre una terrible mutación a beber el agua de una fuente pública, a pesar del cartel que rezaba tóxica que te cagas

Burrotaxi o la vertiginosa carrera para desactivar la carga explosiva adosada a las alforjas de uno de estos vehículos de alquiler en la bella localidad de Mijas. Antes de que este baje de 15 Km/hora. Momento en que hará explosión.

Tus Muertos Vivientes o la historia de…¡Vale!

He dicho que algún día, no ahora.

El caso es que, como puede adivinarse, adorábamos el cine, adorábamos el terror y adorábamos el fantástico. La aparición de una película como Waxwork fué, al menos en mi caso, el pistoletazo de salida para mis ansias creativo-cinefagas. El recuerdo de esta y de otras muchas películas es, para mi, tambien el recuerdo de tardes de colegas, cervezas y cine. Mágica combinacion que aún no ha podido ser superada.

Waxwork, como toda peli-homenaje, tiene que llevarte a su terreno. Su director tiene que sentarse a tu lado en la butaca (metafóricamente, claro) y, cada dos por tres, darte un codazo y susurrarte mira tío ¿a que no sabes de donde he sacado esa idea?. Y tú tienes que saberlo, claro. Entonces es cuando la química se produce y el asunto funciona.

Y funcionó.

Lo más curioso del caso es que Waxwork supo ser, no solo un gran homenaje a figuras clásicas del terror, sino también a otras que aún no lo eran. Aunque llegarían a alcanzar ese estatus.

También supo (y ese fue su mayor acierto) hablarle a cada una en su idioma. Anthony Hickox cambiaba de tono en cada secuencia. Desde el barroquismo Hammer del hombre lobo a la elegante carnicería de Drácula, pasando por el polvoriento encanto de La Momia, cada secuencia funciona. Y, lo más curioso, es que también funciona como un todo cohesionado. Aunque, ya me lo pareció en su época, quizás esa linea argumental central fuera lo más endeble de todo el conjunto.
Por si hiciera falta mas, Waxwork también supo ser una película divertidísima para aquellos adolescentes ávidos de carne y sangre que fuimos entonces.

Pero claro, hablamos de cine. Y por las películas, al igual que por las personas, pasa, inexorable, el tiempo. Y llega la tan temida pregunta: ¿Como le han sentado los años?

Pues no le han sentado mal, la verdad.

Waxwork no era gran cosa cuando vio la luz. Una ópera prima apresurada y barata. Con mejores ideas e intenciones que resultado final. Pero convencía. Tanto que cosecho algún que otro premio y obtuvo unos beneficios (principalmente en el mercado domestico, eso si) nada despreciables.

Estaba hecha con ilusión y ganas, y eso sabía transmitirlo. Me alegra comprobar que esa pasión sigue presente hoy en día.

Pelis como esta hay que sentarse a verlas con el ánimo dispuesto del que se va a reencontrar con viejos amigos. Hay que saber perdonarle sus defectos (que los tiene) y tolerar sus rarezas (que ahí están).

En definitiva hay que jugar a su juego, que no es otro que la referencia y el guiño. Hay que disfrutar de cada secuencia como lo que es: Una enorme declaración de amor a un cine que nos ha hecho (y nos sigue haciendo) felices.

Pierna a medio devorar
Y es que esta peli es un autentico festín

Vale que las figuras de cera parpadeen y se muevan. Vale que se vea algún micro. Que el ritmo decaiga en mas de una ocasión. Que las interpretaciones son de función de fin de curso. Todo eso está ahí, y no hace sino engrandecer aún mas la experiencia.

Porque aquí se echo el resto en los monstruos ¡como debe ser! Y, estos, estan soberbios. Como toda película de capítulos hay algunos mejores que otros pero, en general, todos rayan a un muy buen nivel. Quizas la única pega que le pondría, hoy en día, es que los mejores: Dracula y El Hombre Lobo, salen demasiado pronto y eso hace que el segundo tercio de la peli se desinfle un poco. Una caída de ritmo que, no obstante, olvidamos cuando llegamos al apoteósico final.

Por que el final, amigos míos, es mágico. Un auténtico festival de referencias y homenajes al cine de terror de todos los tiempos. Todos nuestros terrores favoritos están ahí, y los que faltan fue por falta de pasta, no de ganas.

En definitiva, una película por la que, claro esta, pasan los años pero que, aún hoy, como diría mi adorado Victor Frankenstein: ¡Vive!